domingo, 12 de octubre de 2008

-¡Más luz!-repitió. Tenía una voz ronca, poderosa, sin ningún acento-. Quiero que lo vean todo, que nadie pueda decir: era un efecto de humo y penumbras...Aun si se ven mis arrugas. Mis siete pliegues de arrugas. Sí, soy muy viejo ¿no es cierto? Casi increíblemente viejo. Y sin embargo, tuve una vez ocho años. Tuve una vez ocho años, tenía dos manos, como todos ustedes, y quise aprender magia. No, no me enseñe trucos, decía yo a mi maestro. Por que yo quería ser mago, no quería aprender trucos. Pero mi maestro, que era casi tan viejo como lo soy ahora, me dijo: el primer paso, el primer paso es saber los trucos.-Abrió los dedos de la mano y los extendió como un abanico frente a su cara.- Puedo decirles, porque ya no importa, que mis dedos eran ágiles, velocísimos. Tenía un don natural y muy pronto estaba recorriendo todo mi país, el pequeño prestidigitador, casi un fenómeno de circo. Pero a los diez años tuve un accidene. O quizá no fue un accidente. Cuando me desperté estaba en cama de hosputal y sólo me quedaba esta mano izquiera. A mí, que quería ser mago, a mí, que era diestro. Pero allí estaba otra vez mi viejo maestro y mientras mis padres lloraban él sólo me dijo: este es el segundo paso, quizá, quizá seas un mago algún día. Mi maestro murió, nunca nadie me dijo cuál era el terecer paso.

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